De la sociedad mediática a la sociedad del conocimiento: escenarios
Por José Marques de Melo
José Marques de Melo es profesor de la Universidad de São Paulo; dirige la Cátedra UNESCO de Comunicación para el Desarrollo Regional en la Universidad Metodista de São Paulo. Preside la Asociación Iberoamericana de Comunicación (IBERCOM).
Reflexionar sobre el impacto de la globalización en América Latina, teniendo como moldura los escenarios culturales, particularmente aquellos pertenecientes al universo de la comunicación, constituye un ejercicio intelectual que exige una preliminar contextualización histórica.
De esta forma es indispensable retomar la tesis que hemos defendido en otros territorios y en otras ocasiones, en el sentido de que el fenómeno corriente de la interacción planetaria, afirmado por los economistas como global neighborhood, que los comunicólogos prefieren llamar de comunication-monde, pero también ha sido rotulado como glocalización por los culturalistas, no puede ser considerado exclusivamente como señal de la post modernidad.
Él representa, en verdad, la culminación de un proceso desencadenado hace más de 500 anõs. Su inicio se remonta al ciclo de las navegaciones europeas, enviadas con propósitos civilizatorios o evangelizadores, pero sin duda destinadas a hacer avanzar las fronteras económicas de las potencias coloniales del Viejo Mundo.
De la misma forma, los movimientos contemporáneos protagonizados por la generación de los cibernautas están fundamentados en finalidades altruístas o pacifistas, pero no logran disimular la competencia entre las potencias hegemónicas del Nuevo Mundo, también fascinadas por el dominio de los mercados, próximos o distantes.
Las dos coyunturas están debilitadas por factores de la naturaleza comunicacional, que componen los respectivos moldes culturales, al mismo tiempo que funcionan como elementos estratégicos para arrojar sus proyectos hegemónicos. En el siglo XV el aparato emergente era la imprenta, configurando la Galaxia de Gutenberg.
Por su parte, en el siglo XXI, la internet aparece como el ancla de un sistema multimidiático, respaldando la Galaxia de Bill Gates.
Para situar América Latina en ese enmarañado estructural-coyuntural vamos recurrir a un artificio metodológico de tipo comparativo, sobreponiendo tiempo y espacio, cotejando general y particular, mezclando pragmatismo y utopía.
Pretendemos trazar un cuadro panorámico del desarrollo cultural en el continente americano, privilegiando naturalmente la fisonomía regional ibérica, en una perspectiva diacrónica, aún cuando la focalización sincrónica se atenga al sector brasileño, en relación al cual disponemos de parámetros capaces de expresión simplificada.
Estigmas del pasado
Desde que se constituyeron como estados políticamente autónomos, en los inicios del siglo XIX, las naciones latinoamericanas se fueron desarrollando intelectualmente bajo el estigma de la exclusión comunicacional.
Tal hecho reproducía en gran escala el modelo de sociedad cultivado por el régimen colonial, tanto bajo la dirección de los castellanos como de los lusitanos, teniendo continuidad durante el régimen independiente, bajo el comando de las oligarquías criollas.
No obstante contando con medios impresos de comunicación gobernados por la doctrina de la libertad de expresión y pensamiento, las repúblicas hispanoamericanas y el imperio lusobrasileño consolidaron modelos informativos construidos como privilegios de las elites. Considerando que los grandes contingentes de las poblaciones nacionales eran formados por trabajadores iletrados, libres o esclavos, viviendo en el campo o en las ciudades, los medios impresos de comunicación (libros, revistas y periódicos) se convirtieron históricamente en espacio disfrutado apenas por las clases superiores, incluyendo las camadas medias beneficiadas por los conocimientos adquiridos en la escuela.
Se trata de panorama contrastante con aquel que funcionó en los territorios de colonización angloamericana. En ellos predominó, no apenas un padrón diverso de sociedad, en gran parte construido por el voluntarismo típico de los disidentes religiosos, pero sobretodo por una postura civilizatória robustecida por la creencia utópica en la educación. Esto garantizó, desde temprano, el funcionamiento de escuelas, bibliotecas, imprentas y otros mecanismos destinados a fomentar la circulación de novedades, conocimientos o ideas.
De esta manera, fue posible a estas colonias europeas, localizadas en el norte de América, a través de la inclusión comunicacional, unificar estrategias precoces de liberación del yugo colonial, ejercitando formas de gobierno sintonizadas con los preceptos de la democracia representativa. Para ello, fue necesario fortalecer redes mediáticas, con la función de integrar políticamente las comunidades unificadas, pero también vocacionadas para asimilar culturalmente los inmigrantes procedentes de varias partes del mundo, cuya fuerza de trabajo convirtió a las jóvenes naciones anglófonas en potencias económicas.
La situación intelectual de las naciones latinoamericanas comenzaría a ser modificada solamente en el siglo XX, a través de las políticas públicas destinadas a la universalización del sistema educacional.
Adoptadas en pocos países, ellas alcanzaron preferencialmente a las poblaciones residentes en los centros metropolitanos. El proceso de reducción de la marginalidad comunicacional de las grandes masas sudamericanas apenas sería alterado con el incremento de las tecnologías electrónicas de difusión simbólica.
La expansión de la radio (a partir de los años 30) y el desenvolvimiento de la televisión (a partir de los años 50) ofrecen oportunidades para la mejora del apetito cognitivo de las poblaciones económicamente activas. Hasta los sectores analfabetos serían promovidos a la condición de consumidores culturales de los productos sonoros o audiovisuales diseminados por redes abiertas, accesibles a bajo costo.
Estamos ingresando al siglo XXI, pudiendo celebrar, en la geografía americana, cinco siglos de institucionalización mediática. Aún así, el mapa de la exclusión comunicacional permanece substancialmente inalterado de México a la Patagonia. Continúan en vigencia panoramas caracterizados por el pauperismo cultural de las grandes masas. Ellas están generalmente distanciadas o fueron precozmente expulsadas de las redes educativas formales.
Los mayores contingentes humanos de América Latina se nutren de conocimientos efímeros, fragmentados y superficiales solamente propiciados por las ‘escuelas paralelas' que brotan de las redes mediáticas. Engrosando la categoría de los ciudadanos de segunda clase, ellos se hacen inapetentes o impotentes en el sentido de actuar como sujetos democráticos de su propia historia.
Transformar esa realidad injusta constituye el mayor enigma de los estudiosos de los medios masivos en nuestras sociedades. Por eso mismo, pretendemos hacer algunas reflexiones tomando como referencia los datos singulares que componen el perfíl cultural-mediático de la sociedad brasileña. Eso puede parecer un ejercicio reduccionista, pero nuestra intención no es otra sino esbozar parámetros comparativos, suscitando análisis semejantes en otros países latinoamericanos.
Dilemas del presente
Aún cuando Brasil inicia el nuevo siglo viviendo una de las más vigorosas prácticas de la libertad de prensa, lamentablemente debemos reconocer que ella constituye un privilegio de las elites nacionales. Los grandes contingentes de nuestra población permanecen al margen de la libertad constitucional. Dejan de beneficiarse tanto de la prerrogativa de la libre expresión como del derecho a tener acceso a la información que los habilita para la plena ciudadanía y consecuentemente a la participación integral en la vida democrática.
Testimoniamos la continuidad de aquel fenómeno caracterizado como exclusión comunicacional. No se trata de una situación peculiar a Brasil, esto también es perceptible en un gran número de países. Justamente aquellos que aún no lograron construir democracias estables. Donde todos los ciudadanos puedan participar de los beneficios de la modernidad.
Se trata de la persistencia de aquella cultura del silencio a la que se refirió Paulo Freire cuando diagnosticaba el mutismo de la población brasileña durante el período colonial. Situación que se proyectara sobre el Brasil independiente, prolongándose hasta mediados del siglo pasado, agravándose por la herida del analfabetismo.
Sin manejar el código alfabético, sin saber leer, contar y escribir, la mayoría de nuestra población permaneció casi muda, por la falta educacional y por la inhibición cultural a la que fue sometida por nuestras elites dirigentes.
Al ingresar al siglo XXI, Brasil sufre de un mal endémico. Su prensa permanece restricta a un sector minoritario de la sociedad. Es reducido el número de brasileños que son lectores regulares de libros, revistas o periódicos, cuando comparados a los estadounidenses, canadienses, ingleses, franceses, argentinos o chilenos.
Adquiere características singulares la crisis nacional de la lectura de los periódicos. La expansión de los tirajes diarios se muestra absolutamente descompasada con el ritmo del incremento demográfico.
En la década de 50 del siglo XX teníamos un volumen diario de 5,7 millones de ejemplares de periódicos para una población de 52 millones de habitantes. Llegamos al siglo XXI con un tiraje diario de 7,8 millones de periódicos para una población estimada en más de 170 millones de personas.
La población brasileña creció más de 300%, mientras que el tiraje diario de los periódicos se amplió apenas 40%, en la última mitad del siglo XX. Lo más grave en tal confrontación estadística está en el hecho de que, en el mismo período, se amplió la escolarización en todo el país, se redujo el índice de analfabetismo. Concomitantemente, aumentó el nivel de la renta nacional, creciendo también la capacidad adquisitiva de las camadas medias de nuestra población. Pero los tirajes de la prensa diaria vegetaron en niveles sin expresión.
Esta es la otra cara de la libertad de la libertad de expresión pública en Brasil. Ella constituye un privilegio de las elites que pueden manifestarse libremente a través de modernos soportes mediáticos. Representa también un privilegio de las clases medias que fueron educadas para leer, adquiriendo capacidad de abstracción para participar del banquete intelectual de la humanidad.
Aún cuando tengamos acceso a informaciones rápidas, condensadas y simplificadas que fluyen a través de los medios electrónicos, los contingentes mayoritarios de nuestra sociedad no asimilaron los contenidos culturales que les permitieran aprender integralmente los sentidos diseminados por productos de la industria cultural.
Se encuentran privados de la libertad de expresión en la medida en que no tienen competencia cognitiva. Marginados de la cultura letrada, no participan equitativamente de las oportunidades de ascensión social que la sociedad democrática les ofrece. Excluidos de la educación avanzada, permanecen inferiorizados en el acceso a los puestos de trabajos calificados que surgen en el interior de la economía de mercado.
Todo el esfuerzo que está haciendo el gobierno brasileño para ampliar las fronteras de la sociedad de la información en el território nacional choca justamente en el fenómeno de la exclusión comunicacional.
Recientemente una encuesta del IBOPE estima que el universo de la internet en Brasil alcanza a un sector de 10 millones de usuarios. Esta cifra es comparable a la de los lectores de periódicos. Se trata de contingentes superpuestos. Los internautas corresponden aproximadamente a los ciudadanos que tienen el hábito de informarse por la prensa.
Es posible que la población usuaria de la web venga a duplicar o triplicar en el transcurso de esta primera década del siglo XXI. Pero es probable también que ese crecimiento no esté relacionado con el mundo de la información, fortaleciendo la ciudadanía. Deduciendo por los hábitos preferenciales de los internautas de ese primer ciclo histórico de la web, que se guían por el inmediatismo utilitarista o hedonista, trabajaremos con la hipótesis de que la libertad de prensa no tiende a alargarse en el país. Justamente por la incapacidad o inapetencia de los nuevos ciudadanos respecto a la información cotidiana o contextual.
De esta manera, nuestra democracia dejará de ser fortalecida por la fragilidad de la sociedad civil, por el raquitismo de la ciudadanía. La vida democrática se apoya en la libertad de expresión, entendida como la expresión plural de las corrientes de pensamiento que actúan en la sociedad. Pero ella sólo se robustece cuando el conjunto de la sociedad tiene acceso a los beneficios de la información pública.
La exclusión comunicacional constituye un serio riesgo para la estabilidad democrática y consecuentemente para la gobernabilidad.
Este es el dilema principal con que nos deparamos en el inicio del nuevo siglo. Reflexionar sobre él es decisivo para no repetir los mismos errores históricos que pusieron la libertad de expresión en un columpio político, alternando momentos de vigencia plena en los ciclos democráticos con instantes dramáticos marcados por el primado de la censura en los ciclos autoritarios.
Cuando una sociedad preserva el derecho de expresión de sus elites, pero garantiza, al mismo tiempo, el derecho de información al conjunto de sus ciudadanos, ella está fortaleciendo su experiencia democrática y previniendose contra los retrocesos constitucionales. Solamente un pueblo bien informado es capaz de escoger gobernantes capaces de convertir la libertad de expresión en pieza clave del constante perferccionamiento democrático.
Desafíos para el futuro
¿La sociedad de la información ha actuado como instrumento que amplia el distanciamento de clases y pueblos? Estamos hablando de la muralla digital entre el norte y el sur, entre pobres y ricos, como por otro lado, también, entre pueblos super-informados y sub-informados.
Recordemos el caso de la Lusofonía, en el momento que el Presidente Lula visita aquel continente para fortalecer los lazos de nuestra cooperación internacional.Brasil y Portugal son sociedades que dominan la lengua portuguesa, concentrando proporcionalmente los mayores contingentes de luso-hablantes que tienen acceso a los bienes de la sociedad digital. En cuanto que, los otros seis países que hablan la lengua portuguesa (Angola, Cabo Verde, Guiné Bissau, Mozambique, San Tomé e Príncipe, situados en África, además de Timor, enclavado en la región fronteriza entre Asia y Oceanía), son absolutamente carentes de acceso a tales recursos.
Otro grande peligro es simbolizado por la reducción del espacio público. En la medida en que el Estado deja de funcionar como árbitro, como agente regulador, el espacio privado se agiganta, en detrimento de los intereses colectivos. Ni tanto al cielo, ni tanto a la tierra. Es necesario avanzar en la construcción de una sociedad informacionalmente equitativa.
En Brasil, la muralla digital puede ser ejemplificada a través de la expansión de la internet. Según la ya mencionada encuesta realizada por el Ibope - Instituto Brasileño de Opinión Pública y Estadísticas se espera para fines de los años 90 un universo de 9,8 millones de usuarios de la internet. Segun datos del IBGE - Instituto Brasileño de Geografía e Estadísticas - tal segmento habrá alcanzado el nivel de 10,3 millones de usuarios. Aquí está el mapa de la exclusión. Es un contingente que corresponde a menos de 7 por ciento de nuestra población. Por lo tanto, 93% de los brasileños no llegaron a la edad de la internet. De esos usuarios, apenas 30% están situados en las clases empobrecidas.
La internet brasileña es un canal de comunicación de las élites, de las clases A y B. En otras palabras, de las clases más favorecidas y de bolsones privilegiados de la clase media.
Del punto de vista geográfico, se confirma que 94% del espacio brasileño está distanciado de la internet. Prestando atención a los datos del Ibope, apenas 6 por ciento de los municipios brasileños tienen proveedor de acceso. Siendo así, del punto de vista geográfico, sólo una minoría de la población es beneficiaria de la internet.
Superando impases
Estas son las cuestiones que nos gustaría proponer para el debate. Volvemos a la tesis central de que la sociedad de la información debe ser entendida como una práctica para alcanzar la sociedad del conocimiento.
No es suficiente quedarnos en la disponibilización de datos, equipamentos, tecnologías. Urge incrementar procesos cognitivos capaces de alcanzar toda la población, llevando a cada ciudadano a usar los contenidos y por lo tanto actuar en la construcción de una nueva sociedad.
Esta otra sociedad se fundamenta en la democracia representativa y en la economía distributiva. Se trata, sin duda alguna, de aquellos cambios socializados a través del impacto persuasivo de la comunicación global, cuya fuerza simbólica se proyectó en América Latina en el sentido de frenar los ciclos autoritarios que tantos estigmas produjeron en nuestras sociedades.
Vivenciamos, en el último decenio del siglo XX, experiencias democráticas capaces de impulsionar pueblos y comunidades y propensas a fortalecer el proceso civilizatorio al interior de varios países de la región.
Entretanto, la pequeña velocidad de los flujos de redistribuición de renta, maniatados por mecanismos ancestralmente arraigados en el tejido social, puede funcionar como instancia inhibidora del sentimiento democrático en nuestras poblaciones. En otras palabras, puede conducir a retrocesos politícamente indeseables.
Las señales de esa reversión de expectativas están explícitas en los resultados difundidos por la edición 2003 de Latinobarómetro.19 El sondeo de opinión hecho en el período de 18 de julio a 28 de agosto de 2003, en 17 países de América Latina, demuestra que solamente 28% de los ciudadanos latinoamericanos están satisfechos con la democracia, entretanto 53% siguen confiando en el sistema democrático y 64% todavía creen que la democracia constituye el único camino capaz de conducir al desarrollo.
En la geografía latinoamericana, los países cuyas poblaciones reiteran su confianza en la democracia son: Uruguay (78%) y Costa Rica (77%). Por otra parte, la erosión de la confianza en el régimen democrático se muestra más fuerte en: Guatemala (33%) y en Brasil (35%).
Se trata de una tendencia que debe ser examinada y reflexionada minuciosamente por los formadores de opinión pública, detentores de espacios privilegiados en el sistema mediático, éticamente responsables por la consolidación del sistema democrático en nuestro continente, pero que ni siempre se pautan por la difusión de informaciones fidedignas y de explicaciones constructivas.
Tales agentes mediáticos pueden robustecer la inestabilidad política en nuestro continente, siempre que actúan en el sentido de descalificar las instituciones democráticas, exigiendo de los mandatarios legítimamente electos por la población la realización de cambios estructurales en plazos cortos, sin obediencia al rito de la legalidad republicana. De esta manera, inducen las masas desinformadas y deseducadas a cultivar sentimientos golpistas o salvacionistas.
Talvez la conclusión asustadora de esa encuesta de opinión pública esté en el crecimiento de la postura anti democrática de los ciudadanos latino-americanos.20 Aún cuando la mayoría continúe creyendo en la democracia, se comprueba que 53% respaldarían tranquilamente gobiernos no-democráticos, desde que sean capaces de resolver los problemas económicos.
Preocupante es el tamaño que ese sesgo autoritario adquiere en Brasil, alcanzando 65% de la muestra, ciertamente inmersa en un sentimiento de desesperanza, reflejado cotidianamente por los medios masivos, que traducen la frustración delante de la impotencia del gobierno en el sentido de saldar inmediatamente los compromisos asumidos en las últimas elecciones nacionales.
Crece en el continente el descrédito en relación a las instituciones tradicionales como la Iglesia, el Ejército o los MCS. Según el equipo coordinador de la investigación, ‘los latinoamericanos están cada vez más conscientes de sus derechos, y saben también que esos derechos no han sido respetados'. Por eso, ‘ahora ellos se tomaron las calles para exigir aquello que les pertenece'. (...) ‘La investigación apunta una correlación entre el mayor acceso a la educación y la inestabilidad social que se alzó en los últimos años con la deposición de cuatro presidentes nacionales motivadas por manifestaciones populares'.
Otro dato enigmático es aquel que traduce el sentimiento de desconfianza de los latinoamericanos respecto a sus conciudadanos, denotando el enflaquecimiento de los lazos de solidaridad comunal inherente a las sociedades que poblaban la región antes de la llegada de los colonizadores europeos. Apenas 17% de los latinoamericanos revelan confianza en sus conciudadanos.
Los países donde la solidaridad grupal o comunitaria persiste como valor cultivado por fajas expresivas de la población son Uruguay (36%), Panamá (25%) y Bolivia (21%). En contraposición, los países más propensos al individualismo son Brasil (4%), Paraguay (8%) y Chile (10%).
¿Señales de la globalización acelerada de nuestro continente? ¿Indicios de la cultura post-moderna que permea nuestras sociedades? ¿Indicadores de una nueva identidad comunitaria de poblaciones victimadas por la desterritorialización?
Hay una lista de hipótesis que pueden suscitar el debate, motivando investigaciones como aquellas que en otros tiempos inspiraron la corriente efectivamente crítica del pensamiento comunicacional latinoamericano.
Fuente:
Conferencia pronunciada en el Seminario "Derechos del ciudadano en la sociedad de la información', promovido por la Agencia Mundial para la Comunicación cristiana, Universidad Metodista de São Paulo (UMESP), el día 7 de noviembre de 2003.
Para más información contacte a:
Maria Teresa Aguirre
Coordinadora Regional para el Caribe y América Latina
WACC
Email: mta@wacc.org.uk
O visite la página web de la WACC.
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