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América Latina: Mercados, Audiencias y Valores

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América Latina: Mercados, Audiencias y Valores en un Mundo Globalizado


Por Por Néstor García Canclini*

Conferencia pronunciada por el autor durante la 4ª Cumbre Mundial de los Medios para Niños y Adolescentes, celebrada en Rio de Janeiro.

La primera pregunta que necesitamos hacernos es cómo se reubican las sociedades latinoamericanas en los procesos de globalización cultural. El título que me propusieron para esta conferencia tiene el mérito de articular los mercados, las audiencias y los valores. Personalmente, prefiero, en vez de valores, hablar de procesos culturales o simbólicos para evitar la connotación idealista que muchas tendencias asocian a la noció de valores. De todas maneras, al interconectar la descripció de los mercados, los comportamientos de los públicos y los aspectos simbólicos nos alejamos tanto de ese riesgo idealista como de la tentación opuesta, que es analizar sólo el aspecto comercial de los mercados económicos o la seducció tecnológica de las innovaciones mediáticas.

En los últimos años ha cambiado notablemente el modo de analizar la globalización. Pasamos de una etapa en que se la hacía sinónimo de homogeneización a otra en que se reconocen las operaciones complejas en que los movimientos globales trabajan con la diversidad cultural, con las segmentaciones sociales, y crean nuevas diferencias. La globalización no es lo opuesto a la diversidad, sino un conjunto de procesos de convergencia y competencia económica, financiera, comunicacional y migratoria que acentúa la interdependencia entre muchas sociedades y genera nuevos flujos y estructuras de interrelaciones supranacionales.

Esta concepciónn multidimensional -económica, migratoria, cultural y política- permite seguir reconociendo las diferentes formas de interdependencia y también las dinámicas regionales y locales que no encajan enteramente, o son excluidas de la globalización. Con el fin de aclarar algunos aspectos de esta complejidad que interesan especialmente para hablar de industrias culturales, niñoos y jóvenes, quiero comenzar despejando dos equívocos frecuentes en este campo. Primero, voy a analizar brevemente por qué; globalización no es sinónimo de homogeneización mediática ni de intensificación igualitaria de las relaciones entre culturas. Luego, argumentaré; por qué; la globalización no se reduce a dominio estadounidense sobre el mundo.

a) La expansión económica y comunicacional propiciada por las industrias culturales no beneficia equitativamente a todos los países, ni regiones. Estados Unidos se queda con 55 por ciento de las ganancias mediáticas mundiales, la Unión Europea con 25 por ciento, Japón y Asia reciben 15 por ciento y los países iberoamericanos sólo 5 por ciento. La desventaja económica más notoria, la de América Latina, que resulta de la baja inversión de sus gobiernos en ciencia, tecnología y producción industrial de cultura, condiciona la escasa competitividad global y la difusión restringida, sólo dentro de cada nación, de la mayoría de libros, películas, videos y discos. Es interesante correlacionar la distribución económica de los beneficios comunicacionales con la distribución geolinguística: el español es la tercera lengua mundial por número de hablantes, casi 450 millones si se incluyen los 37 millones de hispanohablantes en Estados Unidos.

Hay que destacar que la asimetría en la globalización de las industrias culturales no genera sólo desigualdad en la distribución de los beneficios económicos. También agrava los desequilibrios históricos en los intercambios comunicacionales, en el acceso a la información y los entretenimientos, y en la participación en la esfera pública nacional e internacional. Puede decirse que, si bien la falta de empleo es el principal detonador de las migraciones, la decadencia del desarrollo educativo y cultural constituye también un factor expulsivo en algunos procesos migratorios intranacionales e internacionales.

Hay que destacar que la asimetría en la globalización de las industrias culturales no genera sólo desigualdad en la distribución de los beneficios económicos. También agrava los desequilibrios históricos en los intercambios comunicacionales, en el acceso a la información y los entretenimientos, y en la participación en la esfera pública nacional e internacional. Puede decirse que, si bien la falta de empleo es el principal detonador de las migraciones, la decadencia del desarrollo educativo y cultural constituye también un factor expulsivo en algunos procesos migratorios intranacionales e internacionales.

b) El predominio estadounidense en los mercados comunicacionales ha reducido el papel de metrópolis culturales que España y Portugal tuvieron desde el siglo XVII, y Francia desde el XIX, hasta principios del XX en América Latina. Sin embargo, el desplazamiento del eje económico y cultural hacia Estados Unidos no es uniforme en todos los campos. Dicho en forma rotunda: en tiempos de globalización no hay simple "americanización" del mundo.La globalización no consiste sólo en una "intensificación de dependencias recíprocas" (Beck) entre todos los países y todas las regiones del planeta. Por razones de afinidad geográfica e histórica, o de acceso diferencial a los recursos económicos y tecnológicos, lo que llamamos globalización muchas veces se concreta como agrupamiento regional o entre países históricamente conectados: asiáticos con asiáticos, latinoamericanos y europeos o estadounidenses, estadounidenses con aquellos grupos que en otros países hablan inglés y comparten su estilo de vida. Las afinidades y divergencias culturales son importantes para que la globalización abarque o no todo el planeta, para que sea circular o simplemente tangencial.

También observamos que algunas áreas de las industrias y del consumo son más propicias que otras para la globalización. La industria editorial acumula fuerzas e intercambios por regiones lingüísticas, en tanto el cine y la televisión, la música y la informática, hacen posible que sus productos circulen mundialmente con más facilidad. Las megalópolis y algunas ciudades medianas (Miami, Berlín, Barcelona), sedes de actividades altamente globalizadas y de movimientos migratorios y turísticos intensos, se asocian mejor a redes mundiales, pero aun en ellas existe una dualización que deja marginados a amplios sectores.

En cuanto a la supuesta "americanización" de todo el planeta, es innegable que un sector vasto de la producción, distribución y exhibición audiovisual es propiedad de corporaciones de Estados Unidos o se dedica a difundir sus productos: películas de Hollywood y programas televisivos estadounidenses son distribuidos por empresas de ese país en cadenas de cines y circuitos televisivos donde el capital predominante es norteamericano. Hay que prestar atención, asimismo, a la enérgica influencia de Estados Unidos en la ONU, la OEA, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y en organismos de comunicación transnacionales, todo lo cual repercute a veces en beneficios para las empresas estadounidenses. El cabildeo ("lobbysmo") de las empresas y del gobierno estadounidenses viene influyendo para que en países europeos y latinoamericanos se paralicen iniciativas legales y económicas (leyes de protección al cine y el audiovisual) destinadas a impulsar su producción cultural endógena. No podemos olvidar el lugar protagónico de Nueva York en las artes plásticas, Miami en la música y Los Angeles en el cine. Pero sería simplificador sostener que la cultura del mundo se fabrica desde Estados Unidos, o que este país detenta el poder de orientar y legitimar todo lo que se hace en todos los continentes.

Europa mantiene una fuerte producción endógena, sostenida en algunos países con políticas proteccionistas, y controla gran parte de los mercados latinos. Empresas españolas, francesas e italianas se han apropiado de redes de telecomunicaciones, editoriales y canales de televisión en varios países latinoamericanos. En Brasil, los españoles ocuparon desde 1999 el segundo lugar de las inversiones extranjeras con el 28 por ciento; en Argentina pasaron al primer puesto, desplazando a Estados Unidos.

Por otra parte, si bien corporaciones estadounidenses gestionan amplios sectores de la comunicación masiva, es interesante comparar el poder de esas empresas con lo que ocurre en las audiencias. Los estudios sobre consumo musical revelan que en la casi totalidad de los países latinoamericanos no predomina la música en inglés, ni lo que algunos llaman "música internacional", como unificación de lo anglo-americano y lo europeo. En Perú prevalece la chicha, en Colombia el vallenato, en Puerto Rico la salsa, en Brasil el 65 por ciento de lo escuchado proviene del conjunto de músicas nacionales, en tanto en Argentina, Chile y México la combinación de repertorios domésticos y de otros en español supera la mitad de las preferencias. Según explica George Yúdice, el sistema de comercialización y consumo "no puede ser explicado en términos de homogeneización ni tampoco de localización. La consolidación del sistema se logra articulando ambos aspectos" (Yúdice, 1999: 233).

Las culturas nacionales persisten, y desde cada una se accede a la globalización. No obstante esta visión diversificada de la recepción cultural, que evidencia cierta capacidad de elección de los consumidores, no podemos inferir de ella qué ocurre con las nuevas generaciones. Por eso, voy a resumir algunas investigaciones recientes sobre jóvenes con el fin de identificar los efectos que están teniendo en ellos los cambios generados por el modo neoliberal de impulsar la globalización.

Varios estudios están modificando la concepción sobre los jóvenes al explorar sus experiencias con el sentido del tiempo y su inserción histórica en la vida social. Surgen preguntas tales como éstas: por qué se evaporan las utopías y a casi nadie le importa tenerlas; por qué los jóvenes viven en el instante; a qué se debe que no se interesen por la historia, ni por tener historia, y miren con escepticismo o indiferencia a quienes les hablan del futuro. No voy a insistir en la aclaración de que hay jóvenes politizados o al menos socialmente responsables, que asumen el pasado y tienen expectativas, que no resbalan por el desencanto. Vamos a tomar en serio, sin atenuantes, el desencuentro entre las formas organizativas hegemónicas y los comportamientos prevalecientes entre los jóvenes, la contradicción entre las visiones convencionales de la temporalidad social y las emergentes en las culturas juveniles. Para entender las relaciones de los jóvenes con los medios me parece útil explorar cómo se vinculan con los mercados del trabajo y del consumo.

Informatizados, entretenidos... y los otros

A las nuevas generaciones se les propone globalizarse como trabajadores y como consumidores. Como trabajadores, se les ofrece integrarse a un mercado liberal más exigente en calificación técnica, flexible y por tanto inestable, cada vez con menos protección de derechos laborales y de salud, sin negociaciones colectivas ni sindicatos, donde deben buscar más educación para finalmente hallar menos oportunidades. En el consumo, las promesas del cosmopolitismo son a menudo incumplibles si al mismo tiempo se encarecen los espectáculos de calidad y se empobrecen -debido a la creciente deserción escolar- los recursos materiales y simbólicos de la mayoría.

Los riesgos de exclusión en el mercado de trabajo y de marginación en las franjas masivas del consumo aumentan en los países periféricos. Más que a ser trabajadores satisfechos y seguros, se convoca a los jóvenes a ser subcontratados, empleados temporales, buscadores de oportunidades eventuales. En América Latina, como documenta un estudio de Martín Hopenhayn, durante la década de los noventa 7 de cada 10 empleos se generaron en el sector informal: por tanto, ser trabajador se vuelve sinónimo de ser vulnerable. El crecimiento de la informalidad laboral, además de la inestabilidad en el salario, implica privación de recursos de seguridad social, de salud e integración, que hasta hace pocos años las leyes garantizaban para la mayoría. No es casual entonces, como señala el mismo autor, que tres modos de responder sean "la opción "furiosa" por el riesgo, la automarginación o el "reviente". " (Hopenhayn, 2003).

Según como les vaya en esta frágil situación laboral, un sector de jóvenes podrá acceder a las destrezas informáticas, a los saberes y entretenimientos avanzados que circulan en Internet, en tanto la mayoría quedará limitado a la televisión gratuita, los discos y videos piratas. Según los datos de la Encuesta Nacional de Juventud, realizada en el año 2000 en México, 77 por ciento de los hogares con jóvenes cuentan con televisión (señal abierta), en tanto sólo 6 por ciento dispone de Internet. Son evidentes las consecuencias de esta desigualdad para la formación de diferencias culturales, y para participar en redes comunicacionales con rangos de diversidad e interculturalidad distintos; en varias lenguas y en circuitos de muchos países. La enorme mayoría de los jóvenes, como el resto de la población, quedan reducidos a la televisión gratuita nacional y a redes informales de servicios y bienes.

La disparidad entre informatizados y entretenidos aumenta en países donde la deuda externa achicó el crecimiento económico y la corrupción o la informalidad dificultan el ejercicio de derechos de trabajadores y consumidores. Es significativo cómo describe el Sistema Económico Latinoamericano (SELA) la manera en que se presenta la deuda externa. Su informe de julio de 2001 dice que cada habitante latinoamericano "debe 1,550 dólares al nacer" (Boye, 2001). O sea que antes de proponer a los jóvenes globalizarse en sus trabajos y consumos, se los globaliza como deudores. Esta "falta" originaria no aparece casi nunca en las protestas juveniles (a veces, en los movimientos de estudiantes). Es visible, más bien, a través de sus efectos en la pérdida de crecimiento de las economías y la consiguiente atrofia del mercado laboral.

La exclusión y la segmentación desigual son las dos principales consecuencias de la reestructuración neoliberal. A diferencia del liberalismo clásico, que postulaba la modernización para todos, la política neoliberal nos lleva a una modernización selectiva: pasa de la integración de las sociedades al sometimiento de la población a las élites empresariales latinoamericanas, y de éstas a los bancos, inversionistas y acreedores transnacionales. Amplios sectores pierden sus empleos y seguridades sociales básicas.

¿Cómo afectan a los jóvenes los dispositivos selectivos y segregantes del reordenamiento neoliberal? No todos reaccionan del mismo modo a las carencias. Es necesario diferenciar procesos de exclusión y trayectorias elegidas o viables para distintos sectores. Además, entre las megaestructuras sociales y los individuos juegan formas organizacionales intermedias. Para los jóvenes, son particularmente significativas las condiciones familiares, o su carencia, en la integración/desintegración, la fragilidad de los lazos sociales y la posibilidad de superarla.

Leo en un estudio sobre los niños y adolescentes de la calle en la Ciudad de México: "la exclusión puede llamar a la puerta de cualquier persona, pero no le toca a cualquier persona. El evento particular que inaugura el inicio de la desinserción social tiene un peso relativo; existen heridas anteriores que provocaron vulnerabilidad o inestabilidad." La infancia callejera, escribe Sara Makowski en esta investigación, está vinculada a la extrema pobreza, pero el extremo debilitamiento del lazo social que supone el abandono del hogar suele explicarse por patologías familiares y trayectorias psicológicas peculiares (Makowski, 2004: 52). Desde luego, los medios masivos también juegan como lugares de elaboración de fantasías y opciones prácticas.

Preguntas culturales sin respuestas políticas

Podríamos sintetizar una gran parte de los mensajes musicales, cinematográficos y televisivos preferidos por los jóvenes, diciendo que configuran un paisaje desencantado. No para todos, como sabemos. Una diferencia clave pasa por los modos en que las nuevas generaciones se conectan o quedan desconectadas. O, para decirlo de otro modo, según aprendan a presentar sus preguntas y demandas del modo adecuado en los nuevos escenarios sociopolíticos.

Es frecuente, en muchos países, oír quejas porque los gobiernos no escuchan a los jóvenes, recortan el presupuesto de la educación y para programas sociales. Suele afirmarse que esta desatención se debe a la agonía de las instituciones públicas por la mercantilización de la vida social y la tendencia neoliberal a reducir los intercambios entre las personas a su rédito económico.

Sin negar la validez parcial de esta explicación, quiero ensayar otra lectura de lo que está cambiando. Si las preguntas culturales no tienen respuestas políticas es porque ahora son otros quienes formulan las preguntas y también fueron reemplazados los que daban las respuestas. Hagamos un esfuerzo de memoria para evocar los tiempos fundacionales o de desarrollo de las repúblicas modernas. Las preguntas radicales las hacían intelectuales humanistas, que podían llegar a ser políticos, como Domingo Faustino Sarmiento en la Argentina, José Vasconcelos en México, Mario de Andrade en Brasil, André Marlaux en Francia, y más tarde disidentes escuchados por los gobernantes y los medios masivos, por ejemplo Jean Paul Sartre u Octavio Paz: todos pensaban desde la escritura más que desde las imágenes.

En un análisis de las formas públicas de comunicación se dice que hoy "la tele hace la pregunta e Internet responde" (Peregil, El País, 29-4-2001). Ojalá fuera tan sencillo, pero la simplificación de la fórmula sintetiza un proceso que va aproximadamente en esa dirección. El sentido cultural de las sociedades se organiza cada vez menos en las novelas que en las telenovelas, no tanto en las universidades como en la publicidad. Y los políticos, que en otro tiempo decían tener respuestas acerca de para qué vale la pena estar juntos (como nación y como comunidades de consumidores), han dejado que esas cuestiones sean respondidas por los creativos publicitarios y los inversores.

Cada vez más gente se pregunta dónde vale la pena vivir, y busca la respuesta en relatos de amigos o en la televisión. A diferencia de los exilios de los años sesenta, en que millones de latinoamericanos huían de la represión militar, con la esperanza de volver, en la última década argentinos, peruanos, venezolanos y ecuatorianos se despiden de sus países por la pérdida de empleos, el descenso en la calidad de vida o las dificultades de sobrevivir, y la convicción de que esta decadencia económica y social seguirá agravándose por la incapacidad de sus naciones de recuperarse. Los jóvenes representan a menudo el porcentaje más alto de esa desesperanza y esas migraciones.

Si un diez a veinte por ciento de la población de naciones latinoamericanas se ha dispersado en España, Estados Unidos, y hasta Canadá y Australia, y las encuestas anuncian que en algunos países la mitad quisiera irse, hay que preguntarse qué está quedando de esas naciones. Si las naciones fueron, antes de tomar forma como sistema político, organización económica y delimitación cultural, comunidades deseadas e imaginadas, ¿qué resta de ellas cuando se percibe que las decisiones políticas y económicas ya no se toman en las instituciones del propio país y un amplio sector siente que ni vale la pena imaginarlo? ¿Hay que sorprenderse de que la conclusión extraída por los ciudadanos, sobre todo por los jóvenes, ante la desnacionalización de recursos estratégicos (petróleo y otras fuentes de energía, bancos y líneas aéreas, teléfonos y editoriales), la sumisión de los presidentes y los parlamentos a poderes externos, la pérdida de credibilidad en el sistema judicial y los medios de información, sea el escepticismo radical hacia el porvenir de la propia sociedad?

Un mundo desencuadernado

La acumulación de desencantos actuales no sólo genera escepticismo. También nos deja en un mundo en fragmentos, despedazado y sin continuidad histórica. Muchos piensan que esto es más evidente en las culturas juveniles. De nuevo, debemos decir que los jóvenes no tienen la exclusividad, y a la vez indagar en qué sentido configuran un modo extremo o distinto de una experiencia general.

Fragmentaciones

Los jóvenes actuales son la primera generación que creció con la televisión a color y el video, el control remoto y el zapping, y una minoría con computadora personal e Internet. Entre los años setenta y ochenta la pregunta era qué significaba ser la primera generación en la que la televisión era un componente habitual de la vida familiar. Ahora se trata de entender cómo nos cambia la espectacularización permanente a distancia, o dicho de otro modo: esta extraña combinación de mediatización e interconectividad. La mediatización aleja, enfría, y al mismo tiempo la interconectividad proporciona sensaciones de cercanía y simultaneidad.

Los otros dos rasgos con que se reestructura la cultura y la vida cotidiana son la abundancia inabarcable de información y entretenimiento, y, al mismo tiempo, el acceso a fragmentos en un orden poco sistemático o francamente azaroso. Estas no son características sólo de los jóvenes con baja escolaridad, sin suficientes encuadres conceptuales y vasta información como para seleccionar y ubicar el alud de estímulos diarios. La fragmentación y la discontinuidad se acentúan también en los jóvenes de clases medias y altas, precisamente por la opulencia informativa y de recursos de interconexión.

En estudios sobre la cultura de los estudiantes secundarios y universitarios aparece la dificultad que tienen para situar épocas del propio país, los presidentes, las guerras y revoluciones, en períodos históricos precisos. A la visión desconectada entre acontecimientos se agrega la fragmentación con que se relacionan con los saberes, incluso los alumnos universitarios. En América Latina, la mayoría de los estudiantes carecen de biblioteca en la casa, no compran los libros de texto y los estudian en fotocopias de capítulos aislados. Una etnografía reciente sobre alumnos de la Universidad Autónoma Metropolitana de México, dice que "los jóvenes no tienen la práctica -y quizá tampoco sus profesores se la inculcan- de identificar o catalogar sus copias. Muy pocos las tienen engargoladas"... "en muchos casos no fotocopian las portadas de los libros, ni anotan la fuente bibliográfica. ¿Cuál es el título del libro del que fotocopiaron sólo una parte? ¿Quién y cuándo lo escribió?" (de Garay, 2002: 83).

Discontinuidades

Los estudios sobre niños y adolescentes de la calle documentan experiencias aún más extremas en esta dirección. Son, por antonomasia, los sin memoria y los fuera de lugar "El tiempo en la intemperie, describe Sara Makowski, se vuelve líquido, resbaloso, difícil de retener. La droga hace que se diluya. Las horas y los días pasan, sin dejar rastro aparente. El registro del tiempo está casi siempre ligado a la irrupción de los otros: operativos policiales, instituciones que llegan a trabajar con los chavos de la calle, personal de limpieza de las plazas y parques que los despiertan para realizar sus tareas, otros chavos del mismo grupo". (Makowski, 2004: 85).

¿Es este un modo peculiar de experimentar la desposesión y el estar ajenos al devenir histórico, consecuencia de su radical "desafiliación", o representa en forma exasperada un rasgo de grandes sectores juveniles? En los estudios sobre consumo y recepción encontramos que la mayoría de los jóvenes prefiere las películas de acción y se aburren con aquellas que trabajan en largos planos la subjetividad o los relatos íntimos. Es posible interpretar que, ante las dificultades de saber qué hacer con el pasado ni con el futuro, las culturas jóvenes consagran el presente, se consagran al instante. Chateos simultáneos en Internet, videoclips y música a todo volumen en las discotecas, en el coche, en la soledad del walkman. Las nuevas salas de cine son pequeñas, no sólo para optimizar la mercantilización de espacios de entretenimiento sino para amontonarnos cerca de la pantalla e intensificar la violencia de los filmes, la sucesión de instantes en que se atropella la narración. La hiperrealidad de lo instantáneo, la fugacidad de los discos que hay que escuchar esta semana, la velocidad de la información y la comunicación barata que propicia el olvido. Zygmut Bauman: hoy "la belleza es una cualidad del acontecimiento, no del objeto"... "cultura es la habilidad para cambiar de tema y posición muy rápidamente". George Steiner: "la nuestra es una cultura de casino y de azar, donde todo es apuesta y riesgo; donde todo está calculado para generar un máximo impacto y una obsolescencia instantánea" (Costa, 2002).

Descreimiento hacia lo que sucedió y lo que puede venir. ¿Sólo se puede confiar en lo que está sucediendo? Todo pasa tan rápido que para miles de jóvenes de clase media y media baja el modelo de triunfo social es ser un ex big brother. Si quieres vivir el hiperpresente, no te quedará tiempo para la memoria ni para la utopía: la extrañeza ante la temporalidad extraviada se conjura en la simulación high tech de rememoraciones jurásicas y futuras guerras intergalácticas, tan parecidas. Una investigación de la Unión Europea sobre el impacto físico y mental de la música escuchada a más de 75 decibeles, como ocurre en discotecas y muchos recitales, dice que daña la audición, crea los sordos del futuro (Justo, 1997).

No voy a ser yo quien niegue el placer de la velocidad en los videoclips, o en la intensidad aleatoria del zapping. Tampoco podemos desconocer cuánto del rock, del hip hop, y por supuesto las melodías de fusión, como el Afro Reggae (Yúdice, 2002) y aún cierta música pop siguen brindando narrativas que reconstruyen cierta temporalidad, y abren -si no más utopías- perspectivas para imaginar. Se me ocurre que si vamos a salir de la penuria actual no es repitiendo que hubo pasado para que no olvidemos la importancia de la memoria, ni construyendo profecías apocalípticas. En cierto modo, todo está en el instante, y se trata de captar su densidad.

Para ahondar la pregunta sobre nuestro modo de gestionar el tiempo, revisemos la manera en que articulamos cultura y economía, pasado, presente y futuro en las actuales condiciones del capitalismo. Una de las primeras evidencias que se me presenta es que el "presentismo" no es una característica exclusiva de las culturas juveniles. Vemos que otros campos, por ejemplo los modos actuales de hacer política, tampoco están haciéndose cargo de la compleja temporalidad histórica en que nos hallamos.

La expansión de los mercados ocurre también en el tiempo, porque se logra mediante esa aparente negación de la temporalidad que es la obsolescencia planificada de los productos a fin de poder vender otros nuevos. En verdad, las políticas industriales que vuelven inservibles los artefactos eléctricos cada cinco años, o desactualizan las computadoras cada tres, y las políticas publicitarias que ponen fuera de moda la ropa cada seis meses y las canciones cada seis semanas, son modos de gestionar el tiempo. Lo hacen simulando que ni el pasado ni el futuro importan, pero logran convertir la aceleración y la discontinuidad de los gustos en estilo de vida permanente de los consumidores. Consiguen así, mediante la renovación de los productos y la expansión de las ventas, garantizar la reproducción durable de los capitales.

No vamos a reincidir en la idea demasiado rústica de una determinación de lo económico sobre lo simbólico. Ni su consecuente hipótesis conspiratoria que suele formularse en términos más o menos así: "el presentismo absolutizado en la posmodernidad sería un recurso manipulador de los dueños del capital para optimizar sus ganancias." Pero parece útil preguntar qué tipo de correspondencias existe entre la exaltación del instante en la vida cotidiana, en el consumo, y la dinámica escurridiza de los mercados de bienes y mensajes. ¿No tiene algo que ver la cultura de lo instantáneo sin historia con la inestabilidad de los movimientos de inversiones y ganancias, renovables en las cotizaciones de cada día e imprevisibles para mañana, que ocultan las políticas de gestión de los capitales y de sus concretos dispositivos o estructuras (fábricas, bancos, control de medios de transporte y de circuitos para transmitir mensajes)? En la macroeconomía sí importan el pasado y el futuro.

La valoración socioeconómica de la larga duración se manifiesta también en las exigencias a los consumidores. A quien pide un crédito o una tarjeta bancaria se le investiga la historia de sus comportamientos2, o si es joven la de sus padres, para saber si es confiable. Luego de concederle crédito, se sigue influyendo en su conducta futura porque todo pago a plazos es un disciplinamiento moral: quien compra un auto en 40 mensualidades o una casa para pagar en 20 años toma compromisos sobre su duración en el trabajo, la continuidad del matrimonio, la responsabilidad hacia sus hijos, o sea cómo va a administrar su tiempo por largos períodos. La flexibilización laboral y la inestabilidad afectiva se llevan mal con la reproducción de la vida social. Para gozar el presente ¿no sería bueno preguntar si hay un modo de narrar la temporalidad distinto de los que apuestan en el casino de las inversiones o disciplinan la sucesión de nuestros actos para que paguemos las cuotas?

Quisiera decir algo acerca de cómo valorar, en esta perspectiva, algunas acciones fugaces o de baja eficacia política mediata, frecuentes en las culturas juveniles. Estoy pensando, por ejemplo, en los graffitis y en ciertos performances de protesta.

Un sector de jóvenes participa activamente en grupos globalifóbicos, ecológicos o por los derechos humanos. A veces se dice que sus acciones sólo son performativas, apenas producen interrupciones del orden. Cortan carreteras, perturban una reunión de la Organización Mundial de Comercio o hacen lo que en la Argentina se llaman "escraches" (denuncias públicas frente a la casa de un extorturador o un político corrupto impunes). Seguramente es aplicable a muchas sociedades lo que la Encuesta Nacional de Juventud encontró en México: en palabras de Rossana Reguillo, los jóvenes están dispuestos a participar en causas más que en organizaciones. Si bien hay varias maneras de ser jóvenes y de interesarse por lo social, adhiriendo a movimientos indígenas, ecológicos o musicales, un rasgo común es sintonizar con acontecimientos o movilizaciones que expresan causas y desconfiar de las instituciones que pretenden representarlas o quieren dar formas a los flujos públicos.

El grupo de rock Café Tacuba recogió esta flexibilidad de adhesiones en la canción que enlaza los modos multiculturales de ser joven, sin preocuparse por coherencias ideológicas: "Soy anarquista, soy neonazi, soy un esquinjed y soy ecologista. Soy peronista, soy terrorista, capitalista y también soy pacifista / Soy activista, sindicalista, soy agresivo y muy alternativo. Soy deportista, politeísta y también soy buen cristiano / Y en las tocadas la neta es el eslam pero en mi casa sí le meto al tropical... Me gusta tirar piedras, me gusta recogerlas, me gusta ir a pintar bardas y después ir a lavarlas." (Reguillo, 2000: 11).

No cuesta mucho multiplicar ejemplos de esta ductilidad en graffitis, publicaciones subterráneas y carteles de manifestaciones juveniles de protesta. Se ha criticado, a veces, la complicidad acrítica de esta indiferenciación ideológica con la opresión económica. También la reproducción de estereotipos religiosos conservadores en la ritualidad y la iconografía de jóvenes chicanos, punkes y rockeros, el fundamentalismo con que definen su "nosotros", su visión estereotipada y maniquea de la interculturalidad generacional y de clase. Pero esos cortes tajantes con que se definen a sí mismos y estigmatizan la alteridad, sobre todo los que se sienten más excluidos, pueden ser interpretados con otras claves de lectura de las fronteras y las actuaciones sociales. La "política" de estos movimientos juveniles aparece en varios estudios antropológicos enfrentada a lo que en muchas teorías la define: ejercicio de un sistema de normas o propuesta para modificarlas.

¿Son estas interrupciones de la homogeneidad, estas exploraciones asistémicas, inestables y efímeras, resultado de la visión desorganizada y frágil de lo social que propone la vertiginosa espectacularización de los medios? Es posible que los medios influyan, pero encuentro sobre todo una finalidad expresiva, más importante que la de buscar cambios estructurales. Varios estudios culturales y antropológicos han destacado en los últimos años que muchos actos interruptores con aspecto político no aspiran a obtener el poder o controlar el Estado. ¿Para qué desplegaron los estudiantes chinos un "coraje desmesurado" al desafiar a los tanques en la plaza de Tiananmen, pregunta Craig Calhoun, si era previsible que estos enfrentamientos fracasarían? El pensamiento instrumental sobre el interés, atento sólo a la racionalidad del éxito económico y macropolítico, no alcanza a entender comportamientos que buscan, más bien, legitimar o expresar identidades. Son, dice Calhoun, "luchas por la significación" (Calhoun, 1999).

De modo análogo, la fórmula "aparición con vida" empleada por las madres e hijos de desaparecidos en la Argentina no implica que esperen encontrarlos vivos. La consigna "que se vayan todos" (los políticos), que parece una frase de jóvenes despolitizados y significativamente fue adoptada por gente de todas las edades en Argentina, en la crisis de 2001-2002, debe interpretarse literalmente. "Su potencia enunciativa radica justamente en lo que su inviabilidad pone de manifiesto. Confrontan con la política pensada como arte de lo posible y ponen en evidencia tanto el agotamiento de esas formas de la política como la radicalidad de aquello que habrá que inventar colectivamente. Ponen a cada quien que las canta y a cada quien que las escucha frente a un vacío de sentido y de acción que no sólo denuncia, también interpela a inventar nuevos sentidos, a inaugurar formas de acción" (Fernández, et.al.)

Al valorar la dimensión afectiva en estas prácticas culturales y sociales, que a menudo muestra baja eficacia, pero donde importa la solidaridad y la cohesión grupal, se hace visible el peculiar sentido político de acciones que no persiguen la satisfacción literal de demandas ni réditos mercantiles sino que reivindican el sentido de ciertos modos de vida. Es cierto que estos actos - aun cuando a veces logran ser eficaces porque se apropian de los silencios y contradicciones del orden hegemónico - no eliminan la cuestión de cómo ascender hasta la reconfiguración general de la política. Pero no podemos esperar que los jóvenes se interesen por gestionar responsablemente el tiempo social si las únicas políticas que se ofrecen siguen achicando el futuro y vuelven redundante el pasado. Volvemos al comienzo: el malestar de los jóvenes es el lugar donde todos nos estamos preguntando qué tiempo nos queda.

Las tareas mediáticas de la educación

He tratado de argumentar que la despolitización, el "presentismo" y bajo sentido histórico no son características peculiares de los jóvenes, y que tienen coherencia con el modo en que las políticas neoliberales reordenan o desordenan las sociedades. Para terminar, deseo preguntarme qué podemos hacer para reorientar este proceso. Por supuesto, será decisivo llevar a una crítica política y económica más radical el malestar que se expresa en tantas sociedades: los cambios de gobierno, o al menos de resultados electorales, en Argentina, Brasil, España, Francia y otros países en los últimos años dan esperanzas en esta dirección.

Por supuesto, la crítica y redefinición de los medios masivos también es indispensable. Las demandas de transparencia informativa, representatividad social y cultural están levantándose en muchas sociedades demostrando que un sector de los consumidores no nos conformamos con espectáculos light y apurados. Urge establecer políticas culturales para los medios que impulsen la producción endógena de los países latinoamericanos a fin de expandir nuestro desarrollo cultural en los mercados globalizados, y también para regular su acción en función de intereses públicos.

Pero hay una crisis vasta de la relación de los medios con las audiencias, que no se resolverá sólo en los medios. Requiere de procesos educativos, o dicho de otro modo de una transformación cultural de la educación que contribuya a formar públicos para los escenarios mediáticos donde se informan y entretienen las mayorías. ¿Por qué las escuelas siguen reduciendo la enseñanza de las artes a la plástica y la música? Insisten en entrenar a los niños sólo para que se informen en libros y revistas cultas, no en la radio, la televisión y el cine.

Muy pocos países, como Francia y Suecia, han incorporado al cine como asignatura en la educación pública. En Francia desde 1984 se comenzó a incluir películas en la curricula del bachillerato, y en el 2000 se volvió obligatorio el estudio del cine como parte de la educación artística en las escuelas primarias. El argumento principal es que el cine constituye, desde el siglo XX, un recurso equivalente a las artes plásticas y la literatura como requisito del desarrollo cultural. En vez de reincidir en la tendencia de muchos maestros de ver la cultura audiovisual mediática como enemiga de la escuela, se trata de dar a los alumnos una educación conectada con lo que aprenden en las pantallas televisivas y en los videojuegos, pero ofreciéndoles explicaciones y un horizonte histórico y estético más amplio que el de los entretenimientos domésticos. Esto requiere que en las escuelas haya películas en un sentido semejante a como se tienen libros y discos.

En una reunión efectuada por la Academia Europea de Cine en diciembre de 2002, varios cineastas se pronunciaron en esta dirección. "Si un niño debe conocer a Giotto o a Dante, también debe saber de Chaplin", señaló el realizador italiano Francesco Rossi, uno de los impulsores de esta conferencia. Los cineastas reclamaron en esta reunión de Roma que el cine sea una asignatura obligatoria en las escuelas para superar una cifra preocupante: sólo 5% de los jóvenes europeos conocen a artistas de la talla de Ingmar Bergman, Luis Buñuel, Luchino Visconti o Federico Fellini.

Jack Lang, que durante su desempeño como Ministro de Educación, en Francia, introdujo un programa en las escuelas de tres horas semanales para iniciarse en el arte del cine o el teatro designa a esa acción "alfabetización artística, que es tan importante como la lingüística". Agnieszka Holland, la directora de Europa, Europa, lamentó que desde los años sesenta, cuando había un desarrollo más equilibrado de la cinematografía mundial, no se haya iniciado una política dedicada a fomentar, a través del interés por el cine europeo, una educación cultural de los ciudadanos. Colocó el ejemplo de Francia: "Los franceses no son más inteligentes que el resto de los europeos, pero tienen un público de cine más curioso y abierto. Todo esto viene de una larga tradición apoyada por los políticos y los medios de comunicación". (El País, 8 de diciembre de 2002, p.27).

Necesitamos renovar la conversación entre medios y escuela. Se trata de capacitar simultáneamente a las nuevas generaciones para trabajos mejor remunerados y flexibles, y también para interpretar audiovisualmente el contexto y la historia que lo explica. Es preciso que la radio y la televisión nos cuenten diariamente el mundo, que Internet nos siga haciendo más cosmopolitas, pero sólo la educación de largos años es capaz de agudizar nuestros oídos al murmullo de la historia que resuena entre las discontinuidades y fragmentaciones del instante. Para entender cómo se ha formado esta compleja interculturalidad globalizada, sus conflictos y promesas.

La educación formal necesita las pantallas televisivas y computacionales para vincularse con la vida cotidiana de los estudiantes y habilitarlos para el futuro. Pero ni el control remoto ni el mouse organizan la diversidad cultural ni desarrollan opciones de vida inteligentes.

Sólo puedo imaginar una sociedad que no se reduzca a mercado, a un mercado mezquino, en la medida en que aparecen medios que no se sienten obligados a espectaculizar todo y escuelas que deciden ser algo más que el Aula Magna. Anima a esperar ese futuro que haya jóvenes artistas o educadores, creadores publicitarios o alternativos, que ya no sienten enemigos la memoria y el placer.

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Fuente:
Página web de la 4ª Cumbre Mundial de los Medios para Niños y Adolescentes
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